“Ui, ¡qué bien sienta!” debió de pensar L. cuando los ojos de X. se posaron sobre los suyos. Y es que después de mucho tiempo, L. podía mirar a esa persona sin odio, sin rencores, con los ojos bien abiertos y la sed saciada. Durante mucho tiempo estuvo aferrada a un instinto que la había abandonado casi desde el primer instante en el que apareció: un paso en falso y su mundo se vino abajo cual pirámide de cartas. Y ahora que X. había pasado a su lado, con ese olor embriagador y que contiene en su interior los antiguos momentos contenidos en la memoria, sintió que la vida le daba un respiro y que el mundo no se tambaleaba, ni amenzaba con abrirse, bajo sus pies.
X. fue, en muchos más sentidos de los que L. nunca podrá llegar a imaginar, un punto y final, con parientes de punto y coma y de punto y seguido; una mezcla un tanto rara que, sin embargo, hizo las delicias de L. durante un corto, cortísimo, casi inexistente, período de tiempo.
Perder la cabeza, tan bonito que deslumbra, y alzarla en el momento adecuado, es lo que aprendió L.. Perder la cabeza y sentirla de nuevo sobre los hombros, con su pesada carga, pero sin sentirla como tosca y sobrante. Y aprendió también que recordar no tiene por qué ser doloroso, y que quien un día está en un pedestal, mañana puede estar arrugado cual papel, en el medio de la habitación, dispuesto a ser tirado a la papelera. Y es que si, Romeo dejó de amar a Rosaline, L. también podía olvidarse de X..
L. mira ahora por la ventana y hace un repaso de su vida. Lo que ha conseguido, a lo que quiere llegar, lo que significó X.. X. tiene la vista clavada en el techo blanco de su habitación, y piensa en su pasado, en los fallos que cometió, en la vida que junto a L. ya no le espera, y que tampoco está seguro de haber querido en algún momento. Pero hay algo que les reconcome a los dos: las palabras no dichas, el orgullo que no se tragó, los ojos que, por última y definitiva vez, no se dejaron ver gritando la verdad, sea cual fuere.











