Aquel día, andando por la calle, no tenía ninguna prisa. Había acabado de trabajar y nadie me esperaba en casa. Necesitaba pensar, intentar responder al interrogante de Blanca: “¿Por qué no hablas con Marcos?”. “Porque no puedo”, le contesté, pero la respuesta no le valió y se me quedó mirando, esperando algo mejor, la razón principal por la que permitía que todo aquel barullo tuviese lugar cada día, y es que a Blanca siempre le iba con la misma historia.
Pero es verdad, no puedo hablar con Marcos. Hay un cristal que nos separa que se asemeja al muro de Berlín. El otro lado está prohibido y el muro es infranqueable. Y sé que Blanca está cansada de escuchar la misma historia una y otra vez, y ni del revés puedo colársela ya. Sencillamente, Marcos no pertenece a mi vida, y lo que él haga no es de mi incumbencia. Fácil es esta palabrería, porque sus acciones me afectan y me dejan hecha polvo. Así que seguí caminando por los destrozados y pisoteados adoquines de la ciudad y pensé que, de ser un objeto en una ciudad, serían precisamente aquellos que estaba pisando. Al fin y al cabo así era como me sentía cuando Marcos me miraba y sostenía esa mueca en la boca, ese rechazo en las pupilas.
Blanca me advertía todos los días que tenía que ponerle freno a la situación. Marcos conseguía de mí lo que quería y las desgracias de su vida me las pasaba a mí, haciéndome sentir miserable y desgraciada. Blanca me preguntaba: “¿Y vas a seguir así, despedazándote cada día un poco más?”, y añadía: ” Ayer vi como se te caía el alma, literalmente, al suelo, cuando Marcos entró por la puerta. Así no puedes estar, lo sabes.” Y yo asentía con la cabeza y nada más hasta que un día le dije:
“¿Y qué? Peores cosas en esta vida pueden pasar, y aún no he conocido a nadie que se muera por esto. De amor ya no se muere nadie, Blanca.”







