For there she was
Ella. Ella y nadie más. Es Stephen para mí; a veces es Chisholm, sí, pero en la más estricta intimidad. Ella es mi madre literaria. Es una hermana, en realidad. Es mi mejor amiga. Y está lejos y la echo de menos. Sé que hay más gente que la echa de menos; sé que ella es indispensable para mucha gente. Sus letras lo son; lo que ella significa, lo que es. ES.
Ella. Ella es como una amante. Es el amor verdadero. Es la pasión, que aún no pasa de largo, que aún no se detiene ante imprevistos. Es lo que quisiera ver en el espejo; la mente que quiero devorar, imitar, ajusticiar. Su imagen, que es la mía en la duermevela; su verdad, no la de otros que creen conocerla. Ella. Ella es. Ella siempre será.
A lo lejos dobla una campana, pero no dobla por un muerto. Hay campanas que tocan a vida.
Virginia. Stephen. Clarissa. Chisholm. En medio de ellas dos estoy yo. Mi cuerpo ronronea con Virginia, vibra con Clarissa. Necesito las palabras de la primera para tener palabras para la segunda. Clarissa no existiría sin Virginia, sin la Stephen que corretea en sus entrañas; esa niña que quiero perseguir por los páramos ingleses, con la que quiero ir al río y aprender a no ahogarnos. Y recorrer, mano a mano, los surcos de una mente que se encontraba en sus ojos, en sus labios. Esa niña que se lanza a la piscina soy yo, pero ella espera abajo, lo sé. Ella me sacó de flotar con los pulmones por delante. Ella extendió sus brazos. Y aquí estoy. Y aquí está ella. Vive, me dice. Vivo, le escribo. A word, Virginia?, le preguntaría. Lots of, sé que diría.
Un pájaro de por vida. A bird for life, eso es ella.
Escribo para ella. También para mí. A veces escribo para Leonard, otras para Vita, otras para Vanessa. Y Clarissa. Thoby. Somos una gran familia. Ella. Ella es, era, será. Ella está, estuvo, estará. Virginia. Virginia. Qué más da el apellido; lo que nos dejó es mucho más que la precisión milimétrica de la vida: es también la precisión del miedo, del perder, de la locura, de Londres, de Richmond, de Monk’s House. O Riviera House. O Ylan Close. Es la precisión milimétrica de las ganas. SUS ganas.
That was true of life; one scratched on the wall.
La gigantesca tarea de escribir desde Virginia Woolf, desde su último punto y final. Escribir desde el conocimiento de no poder -ni querer- mejorar lo escrito. Superar al genio, a la maestra: a la madre, a la hermana, a la amiga, a la vena y entraña que llevan su nombre, su gesto, sus ojos tristes. La imposible tarea de expresar, como lo harían los niños, la pesadumbre de saberse huérfana sin ella, sola, vacía.
Los papeles azules.
Las furias moradas.
La cabra.
La niña, la mujer, la esposa. Perdida, desamparada, protegida.
Virginia Stephen. ELLA.
Virginia Woolf. ETERNA.
Es ella, repito. Es ella el yo que llevo buscando toda mi vida. Es ella mi sentir, mi amor, mi esperanza. Inolvidable. Me quedan sus letras, me queda su fantasma en mi garganta.
Es ella la razón de que hoy esté aquí, escribiéndole esto que parece una carta de amor. Es ella la razón de que esté viviendo con esta intensidad que, en demasiadas ocasiones, a ella le faltó.
Virginia, feliz cumpleaños, genia. Y gracias. A ti te lo debo todo: las ganas, el aprendizaje, saber de qué va la vida. Te debo el agua.
¿Brindamos?
