“Por el pasillo de la medianoche no pasa nadie. No obstante, a veces, al otro lado de la puerta escucho el batir de unas alas. Puede que alguien tenga un pájaro en alguna parte.”

Vida de un idiota. Akutagawa Ryunosuke.

Quizás sea porque ella nunca ha estado cuando he escrito, y que por eso la incluyo todo el rato en mis textos, J. Pero siempre está, y siempre acabo siendo la mala. Me incrimino a mí misma por cosas que nunca hice, por la desprotección mostrada, por el ego con el que miraba a aquella chiquilla que era mi hermana. MI HERMANA, ¿lo entiendes, Juan? Y, entonces, escribo y ahí está, esperándome en la puerta. A veces lleva una sonrisa malévola puesta. Otras veces estira su mano para alcanzarme, y yo me pongo a escribir para que se quede. Hace una semana no podía acordarme de su nombre, y en los relatos le ponía cualquier otro: Clara, Carlota, María, Marta, Virginia. Ahora es siempre Cecilia, y Alba es siempre Alba. Hace una semana se me plantó el olvido, y ahora me atormenta la falta de vida. ¿No lo ves, Juan? ¡No lo ves! Aún tengo una hermana y le tengo que dar cuerda. Es un reloj mal engrasado. Se le enquista la saliva en el mecanismo de darme la hora y me atraganto yo con las ganas. Llevo dos noches sin poder dormir, escribiendo como una loca, y ella ahí, tan tranquila, sentada en la cama, con las manos en las piernas, una coleta manteniendo a raya su largo pelo rubio, y el sol del verano aún en su piel. Y yo, que estoy de espaldas, que estoy escribiendo, escribiéndola, machacándome, reviviéndola, siento su mirada en mi columna vertebral y me estremezco. La muerte, J., la dichosa muerte que siempreestá en las paredes de esta casa. Y lo que escribo no tiene sentido: siempre manicomios, siempre días enteros de mi vida, siempre las horas en las que Cecilia viene y me contempla la culpa. ¿Lo entiendes ahora, J.? Mi hermana es una jaula llena de pájaros. ¿No lo ves? ¡Mírala!

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