Cuando Cecilia era muy, muy, muy pequeña, se cayó de la cuna al suelo por buscar un juguete que ni tan siquiera era de ella. Fue un castigo. Me había robado mi  muñeco favorito y el karma se lo estaba cobrando. Se abrió un poco la cabeza, por la frente, y no dejó de llorar en una semana, más por haberse quedado sin juguete, creo, que por la herida, que pronto sanó. Y yo, que tenía siete años, lo vi claro: esa hermana mía estaba predestinada a morir joven.

Antes de ahogarse en la piscina casi la atropelló un coche que pasaba por nuestra urbanización de lujo. (Fue lo último de lujo que tuvimos, la niña y la casa, porque después todo cambió.) Me había robado mi pelota de baloncesto, de esas pequeñas que sirven más para perderlas y explotarlas que para jugar a encestar, y se le había escapado a la carretera. No era una carretera como tal, era apenas un cul de sac insulso y ridículo, pero el vecino tenía prisa y salió sin mirar. Mis padres (nuestros, entonces) le echaron la culpa a él, qué desgraciado, qué desgraciado, repetía mi madre (nuestra, perdón). Pero yo sabía la verdad del mundo: era el karma de nuevo, era el destino, era el castigo.

La mañana en la que mi hermana murió (ahogada, ahogadísima), al despertarme la vi en el suelo. Se había caído durmiendo, y no se había enterado. La miré con lástima, qué pequeña, qué torpe es, me dije, y la subí a su cama de nuevo. Me sorprendió lo poco que pesaba, lo liviana que era, como si fuera la metáfora de lo que valía su vida: esto es lo que peso, esto es lo que valgo, esto es todo lo que soy en este mundo, mi peso y poco más, y mis ganas, si acaso, parecía decir. Pero en realidad no decía nada. Sólo pensaba en enseñarle a nadar y darle la libertad debajo del agua.

Se puso el bañador que usaba yo hacía años, que estaba guardado con mimo porque casi me ahogo yo también el primer día, y al vérselo puesto me enfadé. Ese bañador es mío, Cecilia, no te lo puedes poner porque es un recuerdo. Pero dudo que mi hermana supiera lo que era un recuerdo. Era demasiado pequeña como para tener ninguno. Y ese día se murió, y pensé en el karma, en lo asqueroso del destino. Lo último que pronunció mi hermana fue mi nombre, Alba, Aaaalbaaa, alargando las vocales como sólo los niños saben hacer. A veces me despertaba atormentada, pensando que la había matado yo, mi karma, mi ángel de la guardia, yo, yo, yo la maté, Cecilia, pequeña, yo te maté, perdóname. Tres semanas después de su muerte sufrí una grave enfermedad: meningitis. Y sobreviví. Y supe que lo hice porque su vida fue moneda de cambio por la mía. Esa mañana, en la que me desperté con rigidez en el cuello, con manchas en la tripa, con casi cuarenta de fiebre, había dormido con el pijama de Cecilia, con su olor. El karma, mi hermana. La muerte, siempre.

Siempre la muerte.

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