Enero fue el comienzo de algo nuevo, y hablo de una manera literal. Comenzó para mí no sólo un nuevo año sino también una nueva vida, sin que fuera extensión (mal hecha) de lo que en meses anteriores había vivido.
Febrero fue un mes peculiar, diferente y en el que me di cuenta de muchas cosas, la mayoría lo suficientemente agradables para no ser perjudiciales.
Marzo me trajo la verdad y el enamoramiento. Me trajo las relaciones de amistad que tengo a día de hoy y que más valoro y me trajo un golpe de sinceridad: “aquí comienza una etapa, aquí comienzas tú”. Fue un buen mes.
Abril fue, sin duda, el mes más especial. El mes del sol, llevando la contraria al refrán con sus lluvias. El buen tiempo, la buena compañía, las inigualables experiencias fueron un golpe de alegría y felicidad. Momentos perfectos que nunca olvidaré.
Mayo fue la salvación y también la perdición. Quién lo diría. Risas, muchas risas, muchos buenos momentos, ilusión y desorientación, todo en un mismo envoltorio, con un nombre como regalo, con miles de acciones inoportunas de mi mano. Un mes especial, con sol.
Junio fue, por decirlo de alguna manera, el desenlace, y la respuesta a muchas preguntas.
Julio fue la autoridad, la paz en muchos momentos, el viaje acompañado de la sonrisa, y el llanto, fue mi cumpleaños, fue el adiós. “Encantada de haberte conocido.”
Agosto fue las batallas, con mi mente y conmigo misma, con las cosas que pensaba y las cosas que esperaba. Desesperación por mi cabeza y mi mente, rendición por mi corazón y la visión de las cosas. Uno de los peores meses del año, sin ningún lugar a dudas. También fue el mes de las escapadas, que nunca llegaron y que tanto necesitaba.
Septiembre fue el mes de cierta ilusión. Un viaje a Londres, un viaje a mi ciudad que me sanó parte de mi alma y me hizo luchar y esperar a más. “Volveré”. Algo a lo que volví, el baloncesto, “gracias a ti”, que me hizo recuperar mucho de lo que fui. Entretanto el curso volvió, con unos exámenes pasados y esperados, con un sol que se desvanecía por momentos y una oscuridad que volvía a cernir peligrosamente mi juicio. Y sin pretenderlo llegó octubre.
Octubre fue el mes de los reencuentros, de la universidad, de las cuestas y del mar. Un mes difícil, complicado, un mes extraño. “¿Soy yo de verdad o es otra la que está con el mundo?” Aún me hago esa misma pregunta.
Noviembre fue el mes de los nervios, de las disputas con los pensamientos. Fue el mes de los partidos y entrenamientos, de mi primera lesión. Fue el mes en el que me hice un poco más adulta, empecé a trabajar y a ser consciente de lo que es la vida. Fue el mes de las conversaciones, importantes e interesantes.
Y me queda diciembre, este mes que está a punto de acabar y con él el año que nunca pensé que viviría. Un mes que me ha traído cierta alegría, ciertas sonrisas, y cierta desesperación. Buenos días seguidos de malos. Diciembre, el mes del cumpleaños de mi madre, de las cenas familiares, el mes de la ilusión de los niños y los adultos, el mes de la navidad y los villancicos que tantos recuerdos me traen. El mes que dará la bienvenida a un nuevo año, par, y a un nuevo mes, impar. Diciembre, mes de viaje y el sueño cumplido.
Un año de bienvenidas y despedidas, un año de risas y de lloros, prolongados e inesperados. Un año de viajes, al centro de la tierra, al fin del mundo, a la eternidad, a la felicidad y a la desesperación en último término. Un viaje a Londres que en 2008 se repetirá; un viaje a Madrid. Un año inesperado, lo mire por donde lo mire. Un año alucinante, certero y verdadero. Un año con demasiada suerte y demasiado desatino al mismo tiempo. Un año que quiero y no quiero que termine.
Y a todos los que leáis este blog, os deseo la mejor entrada de año posible y el mejor año de vuestras vidas, pese a que sea par.
¡FELIZ AÑO NUEVO!
